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Flexibilización y diversificación, las claves de un nuevo modelo comercial latinoamericano

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Madrid, España. 17 abril, 2017. “Desde 2000 la región ha mantenido, con mínimas variaciones, una participación del 6% en las exportaciones mundiales de bienes. Ello contrasta con el desempeño de los países en desarrollo de Asia, cuyo peso aumentó de forma considerable en el comercio mundial en el mismo período. En gran medida este aumento se debe a China, cuya participación se triplicó con creces, pasando del 4% en 2000 al 14% en 2015. El estancamiento relativo de las exportaciones muestra la dificultad de la región para superar una estructura exportadora poco diversificada y que concentra más de la mitad del valor de sus envíos totales en productos primarios y manufacturas basadas en recursos naturales”(1).

CEPAL - America Latina - Comercio Con China 2000 a 2014

El texto de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), que abre este informe, resume con gran claridad cuáles son los principales problemas que afectan al comercio latinoamericano. Unos obstáculos que no son específicos del intercambio de bienes ya que se encuentran, además, en otros muchos aspectos de la realidad política, social, económica e incluso cultural de América Latina. Una región que arrastra importantes déficits en cuanto a productividad y competitividad, que se encuentra lastrada por carencias en inversión en capital humano y físico, las cuales retroalimentan serias deficiencias en innovación y en capacidad para introducir valor añadido a unas exportaciones que, en la mayoría de los casos, se caracterizan por estar concentradas en tan solo un puñado de productos que se exportan a contados destinos.

Como aparece en el texto de la CEPAL, diversificar es una de las palabras ícono –de moda– en América Latina. Y lo es con razón porque se ha convertido en una de las principales asignaturas pendientes de la región. Ese concepto hace referencia a la diversificación productiva y también a la de mercados de exportación, en especial en un momento en el que las corrientes proteccionistas ganan terreno e influencia en el mundo (primero con el Brexit, seguido por algunas de las iniciativas impulsadas por la Administración de Donald Trump en Estados Unidos, en especial la decisión de retirar a EE.UU. del Acuerdo Transpacífico –TPP–). Esa asignatura pendiente de la diversificación comercial latinoamericana se enmarca en un proceso mucho más amplio al que está obligada la región si no quiere perder el tren de la modernización y de la adaptación a la nueva economía digital, lo cual le obliga a impulsar nuevas estrategias de inserción internacional ante el final del ciclo de bonanza por el que atraviesa Latinoamérica.

Esa ralentización económica ha sacado a relucir los principales retos de América Latina. El boom de las materias primas durante la Década Dorada (2003-2013) escondió todas esas debilidades estructurales en los ámbitos político, económico y social. Problemas, por otro lado, que no son nuevos ya que, desde hace décadas, los países de la región llevan intentando solucionarlos con éxito dispar y siempre de manera insuficiente. En este tiempo (desde las reformas de los 80/90 hasta la actualidad) ha habido avances y mejoras en todos esos ámbitos, pero clara- mente no han sido suficientes y ahora, en época de cambio de modelo y de desaceleración, esa situación se hace más evidente y sale más claramente a la luz.

Desde un punto de vista político, el gran éxito de la región a partir de 1978 ha sido el de haberse mantenido en los márgenes de la democracia y el respeto a las libertades. Los tiempos de los golpes de Estado, y las débiles y frágiles democracias han pasa- do a la historia. Sin embargo, la región no ha avanzado lo suficiente en este último periodo en cuanto a mejora de su modelo institucional y en la construcción de un Estado eficaz, capaz de impulsar políticas públicas eficientes y de encauzar de forma efectiva las demandas sociales. En lo que se refiere a la situación económica, América Latina creció a un ritmo muy alto, sobre todo entre 2003 y 2008, gracias al auge de las materias primas. Sin embargo, ese crecimiento no se basó en una apuesta por la productividad y la competitividad; siguió predominando el empleo informal así como la falta de capacidad para crear valor añadido a la producción; y existieron grandes carencias en cuanto a innovación. Todo indica, por lo tanto, que el nuevo modelo productivo latinoamericano debería basarse –para salir de la actual desaceleración– en primar la inversión en capital físico (infraestructuras) y en capital humano (educación), así como impulsar un modelo económico que apueste por la innovación para ser más competitivos y productivos.

En el terreno comercial también deben darse cambios estructurales: aquí la clave pasa por una doble diversificación. Por un lado, productiva (poner fin a las diferentes monodependencias y a la exportación de materias primas sin valor añadido) y, por otro, diversificación en cuanto a los mercados. Dicha estrategia resulta vital, sobre todo, en la actual coyuntura, pues si entre 2003 y 2008 el comercio mundial de bienes crecía en torno al 17 % anual, ahora presenta cifras negativas: el comercio exterior latinoamericano acumula más de 30 meses de caída desde 2012. Esta disminución afecta más a América Latina que a otras regiones del mundo, ya que, en primer lugar, golpea la demanda de sus más destacados socios (Estados Unidos, la Unión Europea o China) y, en segundo, no solo afecta al volumen de las exportaciones, que van en clara desaceleración, sino también al precio de las mismas.

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(1) Informe Panorama de la inserción internacional de América Latina y el Caribe: la región frente a las tensiones de la globalización. Publicado por CEPAL, 2017.


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